En el año 99 me encontré con los cuentos y sé que no fue por casualidad. Desde entonces y casi sin darme cuenta comencé a recorrer algunos senderos de la palabra hablada y escrita y a encontrarme con otros que también gustaban y gustan recorrer esos caminos.
Éramos varios los que sentíamos la necesidad de expresarnos de este modo.
Es que muchos de nosotros hemos crecido en un país donde reunirse, compartir ideas y palabras era ser subversivo y, por lo tanto, condición suficiente para ser desaparecido de la faz de la tierra.
Creo que por eso naturalizamos el silencio,  como necesidad de supervivencia, y nos esta costando mucho entender y aceptar que ese tiempo pasó y no debe volver.
El miedo es como una garrapata que se prendió en el lomo de los de mi generación y no la podemos desprender fácilmente nosotros mismos.
Es posible que sea por esto que nos encontramos, buscando manos amigas que puedan ayudarnos a arrancarla y curarnos mutuamente las heridas con afecto, con palabras y con paciencia.

Al encontrarme con las historias comencé a encontrarme conmigo, comencé a descubrirme en los cuentos que cuento. Descubrí el poder creador de la palabra y quise compartirlo. Por eso me encuentro con mucha gente que gusta de hacer lo mismo que yo y comparto con estas buenas gentes distintos proyectos: algunos abordan la narración como arte escénico, otros como un instrumento pedagógico y otros como un bien social. 

 Entre ellas se encuentran:

 

     
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